No tardaron ni dos segundos en abrir la boca y los jóvenes ya estaban preparados para ir de viaje. Realmente aquel mago y aquella paladín estaban acostumbrados totalmente a recorrer largas distancias. Parecían que esperaban algo, la chica ya estaba montada en su corcel, y en los ojos del demonio se leía las ganas de ponerse en marcha, pero no se movía del sitio. Era como si le estuviesen esperando. Sabía que no debía ir con ellos, que las posibilidades de poner sus vidas en juego aumentaban con el simple hecho de estar a su lado unos pocos segundos, y que no todo dependía de el, pese a todo, se dejó llevar por su estúpida simpatía, que tantas veces le había metido en líos, y que en ocasiones había jugado con la propia muerte. Comenzó a caminar, pasando al lado del caballo de Áurea, y colocando el medallón en el borrén delantero:
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Si lo guardo yo o Xeal, podemos correr peligro todos, si lo guardáis vos, las posibilidades se reducen, pudiendo purificarlo del todo en caso de peligro -dijo el druida en un tono serio, sin mirar a la cara de la paladín mientras no paraba de caminar.