Una sombra blanca en medio de la noche observaba la oscuridad reinante. Como tantas otras noches, había salido fuera de los protectores muros del castillo.
La joven caminaba por las orillas del lago, caminando descalza portando en sus manos las sandalias de cuero suave. Se paró en seco al ver una barcaza en una de las orillas del lago. Ayer, en la noche, no estaba. Quizá fuese algún pescador al que la noche se le había echado encima... Aunque no podía ser pues el pueblo tampoco quedaba tan lejos, unas horas en dirección contraria...
Camino despacio, en silencio, sin hacer ningún ruido. Se acercó y se quedó asombrada de ver a un chico tan joven en ese lugar solo. Parecía temblar de frío, se quito su capa y cuando iba a echarsela sobre el cuerpo, vio brillantes sus mejillas y supo así, que no era frio lo que tenía sino pena y tristeza.
Quiso despertarle y sacarle de su sufrimiento pero no quería perturbar su sueño, y así, sin darse cuenta, pasaban los minutos y ella aún seguía agachada junto a él, mirandole dormir.